La tarde en Cochabamba se tiñe de un gris melancólico, ese tono que precede a la lluvia y dicta la búsqueda de refugio. En la intersección de las calles Céspedes y Qara Qara, el tiempo parece detenerse; allí, bajo el cuidado de su hija Virginia, reside la memoria viva de la música boliviana: el maestro Julio Rodríguez Berrios.

La tarde en Cochabamba se tiñe de un gris melancólico, ese tono que precede a la lluvia y dicta la búsqueda de refugio. En la intersección de las calles Céspedes y Qara Qara, el tiempo parece detenerse; allí, bajo el cuidado de su hija Virginia, reside la memoria viva de la música boliviana: el maestro Julio Rodríguez Berrios.

Un entusiasmo inusual me impulsó a recorrer los 200 kilómetros que separan Oruro de Cochabamba. Fue un trayecto de casi cinco horas en autobús, sorteando una geografía montañosa que se rinde ante el propósito de mi viaje: reunirme con una de las personalidades más insignes del arte musical del país.

A sus 97 años, el pianista y compositor orureño recibe mi visita con la misma elegancia con la que aborda el teclado. Nacido en 1929, Rodríguez Berrios no es solo un músico; es un puente entre la época de oro del folklore nacional y la vigencia interpretativa que solo otorgan décadas de disciplina ininterrumpida.

DE NIÑO PRODIGIO A LOS ASES ANDINOS

La historia del maestro comenzó a los siete años, cuando sus dedos menudos ya encontraban las notas precisas para conquistar escenarios. Bajo la tutela de su padre, también músico de concierto, Julio no solo heredó un instrumento, sino una ética de trabajo que lo transformó en un prodigio.

Su vida se ha cimentado sobre dos pilares inamovibles: la interpretación excepcional y la docencia. Sin embargo, para el gran público, su nombre permanece indisolublemente ligado a una de las agrupaciones más icónicas de nuestra historia: "Los Ases Andinos".

Formado en Oruro allá por 1958, el conjunto reunió el talento de Julio Rodríguez Berrios, Wilfredo "Willy" Murillo Soto, Pancho Holguín —su voz original—, César Ávila en la guitarra, Raúl Alba y Pacífico Aliaga. Junto a ellos, el maestro dio vida a versiones definitivas, entre las que destaca la emblemática "Oruro Querido" de Gilberto Rojas; una melodía que trascendió su naturaleza de canción para convertirse en el himno sentimental de toda una región.

DE SAN PABLO A LA ETERNIDAD

El éxito de Rodríguez Berrios no conoció fronteras. Sus giras con los Ases Andinos lo llevaron a recorrer Sudamérica, alcanzando un hito histórico en San Pablo, Brasil, donde grabaron sus primeros discos de vinilo, un formato que hoy guarda el eco de sus mejores años. Compartió escenario con Raul Show Moreno otro músico orureño quien fue integrante del trio Los Panchos.

Pero más allá del intérprete, habita el creador. Con más de 100 composiciones en su haber, el maestro ha navegado con maestría por distintos ritmos, destacando sus cuecas, que, bajo la voz de Luis Gutiérrez, se convirtieron en piezas fundamentales del cancionero boliviano.

"La música es una actividad de más de 60 años de constancia. Mi piano es mi compañero de vida", parece decir cada rincón de su hogar, rodeado de fotografías, discos y recortes de prensa que testifican una trayectoria impecable.

LA PROLIJIDAD DEL ALMA

Lo más sorprendente de nuestra tertulia no es el pasado, sino el presente. Al sentarse frente al piano en su domicilio, este periodista fue testigo de un milagro técnico: la coordinación y precisión de sus manos desafían casi un siglo de existencia. La música fluye con una prolijidad única, recordándonos que el arte verdadero no conoce de jubilaciones.

Tras compartir una tradicional empanada de queso cochabambino —un pequeño gesto que une sus 40 años de origen orureño con sus más de 50 años de residencia en el valle—, el maestro me comparte su tesoro más reciente: un libro autobiográfico. En estas memorias, Rodríguez Berrios busca dejar una semilla para las futuras generaciones, narrando no solo sus éxitos, sino la calidez de su hogar junto a su inseparable compañera, la distinguida dama Yolanda Cossío Vargas (+), y sus cinco hijos, herederos de su sensibilidad por la música y la pintura.

UN HOMENAJE NECESARIO

Mucho se ha escrito sobre la obra del maestro, pero estas líneas pretenden rescatar su fibra humana. Julio Rodríguez Berrios es el testimonio de una Bolivia que crea, que sueña y que persiste. Su obra es un legado de disciplina y amor por la identidad nacional.

Quiero rendir mi homenaje a tan destacado artista boliviano, quien buscó, más allá de reconocimientos formales, resaltar la esencia de un artista que, con su piano y su alma, dejó una impronta imborrable en la historia de Bolivia. Porque la verdadera grandeza de Julio no reside solo en sus logros, sino en la sensibilidad y humanismo que transmite a cada nota, a cada palabra y a cada gesto de su vida.

Así termina la tertulia con Julio Rodríguez Berrios, hoy mientras la lluvia finalmente cae sobre Cochabamba, el eco del piano del maestro sigue resonando, recordándonos que, aunque los años pasen, la maestría es eterna. ¡En hora buena Maestro!.